viernes 5 de febrero de 2010

Falacias y trayectoria de una emergencia nacional

Por los datos estadísticos que reflejan la situación nacional, y por la interpretación que de ella hacen los medios informativos, diríase que nos encontramos al borde de un precipicio económico por el que todos podemos despeñarnos. Hay, además, al parecer, un consenso generalizado en relación a la ostensible ineptitud de este gobierno para afrontar la situación. Qué podía esperarse, me pregunto, de un gabinete presentado por su líder como el que incorporaba a más mujeres, a la ministra más joven y a la primera titular de defensa en toda nuestra historia, sin mención alguna a los méritos y capacidades que se presuponen indispensables para la decisión política y la gestión colectiva. La retórica, los gestos y el marketing no parecen ser, en efecto, los principales atributos para una gobernación hábil y solvente.

Aunque solo sea en esta ocasión, coincido en términos generales con diagnóstico tan pesimista y con censura tan severa. Buena persona, de talante amable y moderado, con un carácter sin aristas y honesto, nuestro presidente me ha parecido siempre un político de pocas luces, con escasas cualidades para el liderazgo y la proyección política, de temperamento maleable y, lo que es peor, sin don alguno para la oratoria y la expresión, lo que ya es indicio de la confusión mental en la que vive y de su predisposición estructural a los bandazos y la improvisación.

Si bien todo ello es cierto, no deja también de serlo el hecho de que muchos se aproximan al fenómeno de la crisis de manera interesada y con una notable carga ideológica, es decir, con todo un aparataje de conceptos, prejuicios y máximas que distorsionan el examen de la realidad. No me refiero sino a este reiterativo e impenitente conservadurismo, que culpa casi en exclusiva al presidente, como si fuese un dictador omnipotente, de la causación y empeoramiento de la crisis económica, aunque después no tenga empacho en admitir, cuando se trata de hablar en términos sociológicos y analíticos, que el Estado contemporáneo tiene muy limitada capacidad de acción e influencia en el mundo de las finanzas y la producción. Cosa que, como veremos, no acontece a la inversa.

Quien quizá haya reflejado mejor este sinsentido fue el dibujante Fontdevilla, en una viñeta en la que representaba a un banquero, un empresario y un parado increpando a Zapatero por su estulticia económica cuando el primero concedió irresponsablemente créditos sin garantías para cobrarlos, mientras que los segundos se endeudaron y se embarcaron en dispendios inasumibles también de forma irresponsable. Si esta crisis es tan profunda y drástica, habrá que convenir, si queremos desperezarnos de una mentalidad vasalla y conquistar cierta autonomía personal, que en buena proporción la han provocado todos los especuladores imprevisores y cortoplacistas que han 'impulsado' nuestra economía. Y en no haber establecido un marco que limitase tales prácticas perniciosas, y en haberlas incentivado creyendo que en ellas se alojaba el maná de la abundancia, consiste el error imperdonable de este gobierno. Del que por cierto tiene cuanto poco responsabilidad solidaria el anterior de Aznar.

Hay además otra falacia común en la representación de la crisis y en la propuesta de sus soluciones. Ella se debe a una naturalización de los problemas económicos, como si fuesen sucesos anónimos procedentes de la providencia o la naturaleza en lugar de acontecimientos sociales causados por el concurso de ciertas voluntades humanas. Así las cosas, se considera poco menos que insoslayable una reforma del sistema económico-social en su conjunto con la finalidad, en suma, de reducir y socializar los costos del trabajo con la excusa de la competitividad y de transferir al sector privado el amplio campo del aseguramiento básico, aún en buena medida por explotar.

Aparte del carácter inhumano de algunas de estas consideraciones, pues en rigor no hay nada más productivo y competitivo que un esclavo, un trabajador forzoso o un empleado infrapagado, y dejando a un lado también el dato de que expresan en la teoría la progresiva emancipación del capital y la consecuente y proporcional inutilidad del trabajo productivo que se dan en la práctica, lo que todas ellas desconocen es el carácter esencialmente contingente, y por tanto político y modificable, de los fenómenos socio-económicos. Si en los años setenta, con la presión de la lucha contra la dictadura, que estaba impregnada de marxismo, y con el reflejo occidental del bloque soviético, parecía indiscutible que el valor lo producía casi en exclusiva el factor trabajo, hoy las tornas han cambiado, y se diría unánimemente admitido que los creadores de valor (de riqueza, empleo y prosperidad) son los empresarios y las corporaciones económicas, sin que a ello contribuyan, como de hecho lo hacen, los trabajadores.

Si lo primero era una exageración, lo segundo también lo es. La naturaleza de esta percepción no se debe sino a un renovado predominio de determinados poderes sociales, que se apropian, o intentar adueñarse, del discurso público para reflejar la realidad como si objetivamente estuviese constituida conforme a sus intereses privados --y de clase--. Y a juzgar por los acontecimientos, parece que lo han logrado.

El caso, con todo, es aún más grave. No se trata ya de la creación de un estado de opinión propicio para los propios intereses, sino del hecho, bien visible en estos días, de que la estructura social sobre la cual hay que gobernar determina inexorablemente el rumbo de las decisiones. No son pocos los que, aprovechando la situación de crisis, están deshaciéndose de trabajadores a muy bajo coste, a sabiendas de que ningún juez, dadas las circunstancias, se atrevería a declarar improcedentes tales despidos, y conscientes también, visto el patio, de que así se hace mella en el actual gobierno. Y tampoco deja de existir un interés político concreto, que trasciende el mero cálculo económico, en los dictámenes de las agencias de calificaciones, en las recomendaciones de ciertos organismos financieros que incomprensiblemente siguen gozando de credibilidad y en las supuestas fugas de los inversores y en los repentinos descalabros bursátiles a dos días de ser presentada la propuesta de reforma laboral. Siendo estos fenómenos exhibiciones de fortaleza y medios formidables de presión, queda claro, pues, que el sostenimiento y debacle de un gobierno en plena democracia depende de muchas cosas más aparte del voto ciudadano. En particular, de las decisiones acordadas en consejos de administración y gabinetes financieros de determinadas corporaciones. Y contra eso, que por otro lado empapa la permeable política europea, malamente se puede combatir.

Al menos a estas alturas, a las que hemos llegado con el concurso activo de los partidos socialdemócratas, de esos liderados por quienes se colocan puños impolutos y gemelos de oro para justificar cínicamente la barbarie. Lo que desde tiempo atrás hubiese cumplido hacer desde una perspectiva socialdemócrata real es fijar los objetivos ético-económicos a cumplir y desplegar una política adecuada para conseguirlos. Si tales objetivos hubiesen sido la protección del trabajo, la maternidad, la educación pública, la sanidad, las infraestructuras públicas, el desincentivo de la especulación y una determinante presencia del Estado en el sector productivo, con el fin de colocar la economía en función del bienestar de todos, algo diferente podría haber pasado.

En primer término, ni habrían existido rebajas consecutivas del tipo máximo del IRPF, ni se habría dado tregua al fraude fiscal, ni se habrían suprimido las contribuciones por patrimonio, ni se habría tolerado la precarización del empleo, ni se habría privatizado indiscriminadamente el sector público, ni se habría retirado el Estado de la economía, ni se habría permitido la especulación y el deterioro de los servicios públicos, ni se habría prácticamente eliminado el carácter progresivo de nuestro sistema tributario.

Bien mirado, ello nos habría evitado muchos de los problemas de los que hoy nos lamentamos: por ejemplo, contemplar inermes cómo las empresas deslocalizan sus factorías después de haber recibido subvenciones millonarias, sufrir pasivamente listas de espera o masificaciones escolares, o presenciar también sin armas las continuas subidas en las facturas de la electricidad con la excusa de que no sufragan los gastos de producción de un servicio que, prestado en régimen de oligopolio, por lo visto implica necesariamente sueldos e indemnizaciones multimillonarios a consejeros de dudosa preparación (v. gr. el caso Pizarro).

Una política socialista de verdad habría evitado, en suma, vaciar las arcas públicas, y habría favorecido un incremento de la tasa de natalidad y un empleo de calidad con el que afrontar el gasto futuro de las pensiones. En definitiva, podría haber esquivado los dos principales problemas a los que al parecer nos enfrentamos: por un lado, el carácter aparentemente insostenible de la aseguración, y por otro, un déficit galopante causado tanto por un gasto desproporcionado sin redundancia alguna en la estructura productiva como por una disminución voluntaria de los ingresos estatales.

El camino tomado por la socialdemocracia ha sido, por desgracia, otro. Ella ha contribuido en primera fila a la conversión del Estado en una especie de estructura funcionarial y policial que recauda impuestos directos al consumo para, en forma de cheques, subvenciones y ayudas directas, repartir después unas prebendas que tienen como fin perpetuarse en el poder y alimentar a los partidos y sus clientelas, a los sindicatos y sus intereses y, en definitiva, a la red de poderes y colectivos que, en rigor, timonea el proceso social. Un Estado, en conclusión, que ha dimitido de su función directora, solo admisible en democracia, delegándola a los sectores sociales con capacidad para asumirla, aun reservándose la capacidad de paliar los desastres y miserias de dicha dirección.

El problema es que el dicho de que cada pueblo tiene los gobernantes que se merece significa, en un enfoque materialista, que cada estructura social se dota del gobierno que necesita para poder reproducirse. Y, desde luego, la estructura de la sociedad actual, a cuya creación ha coadyuvado activamente el socioliberalismo declinante, requiere en términos objetivos una gobernación conservadora, que rompa las ataduras jurídicas e institucionales de un poder social cada vez más intenso.

El casi imposible desafío para la izquierda es cómo oponerse con estrategia a esta corriente imparable sin incurrir en la vacua retórica ideológica, ni en una acción revolucionaria y de ruptura de la que sería su primera víctima, ni tampoco en la condescendencia y en el amoldamiento a una situación inadmisible.

PS. Y ya que me he alargado tanto, alguien podría decirme dónde se mete Enric González!

viernes 22 de enero de 2010

Una historia de niños alemana

A cualquiera que le interese la historia política europea del pasado siglo le impresionará Das weisse Band, de Michael Haneke. Perturbadora, impecable, compleja y sutil, la película del realizador austriaco consigue dar la vuelta, de un modo convincente, al tan frecuentado tema de los orígenes del totalitarismo nazi. En este asunto se demuestra, además, toda la esterilidad del pensamiento filosófico, concentrado desde Lukács en denunciar los antecedentes intelectuales del nacionalsocialismo, como si las obras completas de Nietzsche y Pareto tuviesen mayor capacidad conformadora que la financiación millonaria que en los años veinte recibían los escuadrones paramilitares del partido nazi. Un primer mérito de la cinta es ya, por tanto, huir de esa genealogía intelectual (y banal) del fascismo para adentrarse en sus precedentes más materiales, políticos y culturales.

Si la opinión simplista contrapone sociedad burguesa y totalitarismo, entendiendo a éste como la negación de aquélla y no como su exasperación paroxística, el film de Haneke intenta complicar un poco las cosas. Y lo hace, sobre todo, cuestionando la representación vulgarizada del régimen liberal, caracterizado en su retrato por otros atributos bien diversos a los que habitualmente adornan en la historiografía al Estado previo a 1914. Valga mencionar tres de ellos: la ordenación jerárquica de la sociedad, su comprensión trascendental y su fuerte vocación utópica.

La jerarquización social, base para la posesión del poder y el ejercicio legítimo de la autoridad, contaba con dos claves: la familia y la propiedad. Como residuo del Antiguo Régimen, el dominio de la tierra aún estaba en manos de la antigua nobleza. Si esto, en buena parte, era así en Alemania, donde no había existido una ruptura neta con el pasado, lo mismo acontecía en otros países como la aristocrática Inglaterra, la España rural o, en menor medida, la misma Francia. Lo decisivo, de cualquier modo, es que el título de la propiedad legitimaba el dominio sobre el tiempo y el trabajo de las personas, de igual forma que el título de padre de familia amparaba un uso discrecional del poder sobre la mujer y los menores.

Siendo ésta la distribución del poder, ¿dónde se encontraba entonces el Estado? Ausente por completo, o bien compareciendo en una forma estrictamente represiva, y como garantía supletoria para que los mandatos basados en la supremacía patriarcal y la propiedad fuesen obedecidos. En ningún caso constituía el origen de la autoridad legítima, que se colocaba más bien en la tradición, en la historia, en el linaje y la propiedad.

Tanto en el ámbito doméstico como en el social, la finalidad permanente del poder no era sino conseguir una sociedad armónica. La voluntad del gobernante no pretendía sino realizar la palabra de dios en la tierra, custodiar el orden divino y castigar a aquel que lo quebrantase. Nada más lejos de dicha sociedad que pensarse a sí misma como el fruto de la voluntad corrompida de los miembros que la formaban. Como llega a decir el narrador de la historia, todavía a aquellas alturas (1914) pensaban que la comunidad se regía, como la naturaleza, por las leyes divinas, puras en sí mismas. Por tanto, los detentadores del poder no hacían sino ejecutar dichas normas trascendentes, procurando que la marcha de las cosas se compaginase con los ciclos y los ritmos de lo natural. No es casual, en este sentido, la elección de un escenario rural, desprovisto de las mediaciones y la complejidad de los contextos urbanos, para representar esa mezcla de providencialismo y utopismo que atravesaba la mentalidad burguesa y que en la película, por el influjo de Adorno, queda simbolizada en los blancos trigales mecidos suavemente por el viento.

¿Por qué puede brotar de aquí la barbarie más desenfrenada? Creo que por la combinación de dos factores. En primer lugar, porque la jerarquía parece conllevar irremediablemente la deshumanización del sometido. Así lo expresan con toda la crudeza el diálogo del médico con su amante, el accidente que sufre una segadora y el suicidio de su marido. Quien se encuentra en la cima, y basa su predominio en la instrumentalización del otro, termina viendo en éste un puro y reemplazable medio para sus fines superiores. La lucha de clases, como reacción frente a estas sumisiones férreas, sería una impotente rabieta infantil en comparación con el hondo calado que producía en los niños constatar que hay vidas fungibles.

Y, en segundo lugar, porque esos mismos niños, que después crearían y apoyarían al nazismo, crecieron contemplando, y sufriendo en sus propias carnes, un ejercicio arbitrario de la autoridad con la excusa de conquistar la pureza absoluta. La cinta blanca que da título a la película no era sino el recordatorio que el padre y pastor implacable ataba en el brazo de sus hijos para que tuvieran siempre presente la búsqueda de la bondad.

El nazismo sería así, visto desde esta perspectiva, la respuesta a tanta represión presuntamente civilizatoria, pero también una venganza contra este mundo producida con los mismos esquemas y formas que lo rigieron, la reacción desmedida pero mimética contra una comunidad opresiva, autoritaria y utópica en la justificación de sus excesos.

La película, en definitiva, plantea el desafío de enfrentarse a los oscuros parentescos que enlazan la sociedad anterior a la guerra, esa de la llamada belle époque, y el totalitarismo posterior. Frente a ellos puede adoptarse el hilo ilustrado y esperanzador que pese a todas las brumas intenta esclarecerlos. Es la postura del maestro enamorado, que, en el ocaso de su vida, nos cuenta, haciendo un doloroso ejercicio de memoria, los misteriosos sucesos que acontecieron en su villa en los años previos a la Guerra Mundial. Pero ante ellos también puede optarse por negarlos con obstinación y dogmatismo, aun con la consciencia y seguridad secretas de su existencia. Es la postura del pastor protestante, cuando le colocan frente a la posible y terrible verdad.

Véanla, disfrutarán de casi dos horas y media de buen cine.

sábado 16 de enero de 2010

Pablo Ordaz

Hoy me acuesto tarde. Estoy en uno de esos fines de semana de Rodríguez a los que doy un contenido eminentemente cultural. Aprovecho para ver cine y leer literatura y filosofía, dando al entretenimiento ritmo de jazz y bossa nova y acompañando la cosa con alguna copa de buen vino e incluso con algún vaso nocturno de whisky. En esta ocasión he visto El caso Winslow, buena cinta jurídica para entender la Inglaterra de principios del siglo XX, y la dramática Estación central de Brasil. Y en cuanto a los textos, me he deleitado, como siempre, con un par de conferencias de Theodor Adorno y he devorado, en plan homenaje, El estado de sitio de Camus.

Ya me marchaba a la cama cuando, antes de apagar el ordenador, leo en la cabecera de El País: Haití ya no existe, impactante titular suscrito por Pablo Ordaz. Leerlo me ha hecho recordar el supremacismo, la supina incomprensión, la altivez y la ceguera con las que este corresponsal contempla la realidad de Centroamérica. Sus anteojos europeos, que confunden y fusionan Estado y sociedad, que no conciben una masa de hombres sin orden institucional ni autoridades, sin un compás político de moderación, racionalidad instrumental y productividad, le impiden ver que Haití, aun castigado y humillado, sigue ahí, tratando a la desesperada de sobrevivir, e imagino que preguntándose, como todos lo hacemos en estos días, por qué la solidaridad no podría ser preventiva, por qué no podría activarse con la misma intensidad para apartar las causas de los desastres que para paliar sus deplorables efectos.

He recordado así unas líneas que dediqué a Pablo Ordaz en uno de los artículos que escribí para un dominical salvadoreño. Daban pie a ellas un texto anterior sobre las elecciones de aquel país. Ahí van, con retraso pero con cierta actualidad, visto el titular de Ordaz, ambos artículos.


Elecciones (marzo 2009)

Aquí como allá, estamos viviendo un marzo electoral. Por estos lares se decidían los gobiernos de dos regiones históricas: Galicia y el País Vasco. Los resultados han devuelto la presidencia gallega al partido conservador y han arrebatado la mayoría absoluta al nacionalismo vasco, que probablemente será desalojado del poder, después de más de veinte años gobernando. Su líder, Juan José Ibarretxe, ya ha advertido a sus adversarios que su partido seguirá “dirigiendo Euskadi sea desde donde sea”.

Ocupados los titulares con nuestras elecciones, todo anunciaba que el espacio dedicado a los comicios salvadoreños iba a ser ínfimo. Hasta un conocido humorista, Berto Romero, parodiaba la pasada semana en su late show la irrelevancia para los españoles de tan decisivas elecciones. Sin embargo, no han pasado en absoluto desapercibidas. Antes al contrario: desde la jornada del sábado 14 hemos asistido a un considerable despliegue mediático, con informaciones puntuales en cada telediario y con enviados especiales de los principales periódicos.


Ha sido también ocasión para conocer El Salvador. Nos ha sido presentado como “el país más pobre de Centroamérica”, con apenas infraestructuras sanitarias y desangrado por la violencia de “las maras”. Ahora bien, aunque todos coincidían en transmitir estas penosas circunstancias, ningún periodista se tomó el trabajo de contar las propuestas de los candidatos para resolverlas.


La campaña aparecía como una confrontación despiadada. De las intervenciones del Frente, se han destacado su desbordante, ingenuo optimismo y las continuas insinuaciones de fraude. Más se ha escrito sobre la campaña de ARENA, volcada por lo visto, no en defender un programa de gobierno, sino en apelar a las emociones, sembrando el miedo ante un comunismo inexistente.


Han interesado también los candidatos. Sergio Rodríguez, enviado de Público, subrayaba la pertenencia juvenil de Rodrigo Ávila a grupos paramilitares y su “prolífica trayectoria en el sector privado”. Manuel Cascante, de ABC, recordaba el liderazgo de Ávila sobre todas las fuerzas conservadoras salvadoreñas, y Pablo Ordaz, de El País, lo caracterizaba como “un religioso a carta cabal” sin dotes de hombre público: “ante un micrófono, se atora, suda, se trabuca, naufraga”. A Mauricio Funes se le ha reconocido su compromiso con la independencia cuando ejercía como periodista. Pero no todo han sido elogios: mientras que ABC nos daba a conocer sospechosas donaciones millonarias de las que había sido beneficiario, Ordaz lo retrataba como un títere de “los viejos comandantes”.


El acontecimiento se ha visto, en definitiva, como “un hecho histórico”, tal y como lo define Jacobo García en El Mundo, como una celebración de la democracia, a la que el primero en sumarse ha sido Ávila reconociendo cívicamente su derrota. Ahora muchos aguardan que el líder de ARENA no emule a nuestro dirigente vasco afirmando que su partido controlará El Salvador “sea desde donde sea”.



Ordaz (abril 2009)

Tal y como llegaron se fueron. Las noticias acerca de la vida política salvadoreña invadieron de pronto los titulares españoles, para marcharse poco después de la resaca electoral. Son las cosas de la sociedad del espectáculo, necesitada de efímera, obsolescente actualidad para que la marcha no se detenga. Las actitudes periodísticas exhibidas frente a la coyuntura histórica de El Salvador han oscilado entre la abierta simpatía hacia alguno de los candidatos por razones de afinidad ideológica y la neutralidad de quien levanta acta de un hecho aséptico sin connotaciones morales. Ha habido también alguna otra intervención informativa reveladora, a mi entender, de una reluctante disposición del hombre occidental respecto de las realidades sociopolíticas latinoamericanas. Me refiero a la suscrita por Pablo Ordaz, corresponsal de El País, el diario más leído por estos lares.


En su presentación de Mauricio Funes -«el candidato de la extrema izquierda»-, Ordaz se lamentaba de que el espectro político salvadoreño se caracterice por «su rechazo a los colores intermedios». Al parecer, todos los políticos moderados «han terminado cansándose y marchándose, acusados de traidores o cosas peores». Y, a pesar de que el mismo Funes asegurase que su propósito es conquistar una «gobernabilidad democrática», el periodista español no dejaba de encontrar tras «su cuidada imagen de intelectual moderado» al «candidato de un partido donde los viejos comandantes guerrilleros siguen teniendo mando en plaza» (El País, 17-III-09).


Por decirlo sin rodeos: la receta del citado corresponsal para El Salvador parece ser el bipartidismo centrista vigente en España e importado de la tradición anglosajona. Me refiero a un estilo de gobierno basado en el acuerdo sellado entre los dos partidos mayoritarios para no alterar determinadas instituciones consideradas fundamentales. Una forma de hacer política caracterizada, en consecuencia, por sustraer del debate público ciertas realidades, principalmente económicas. Es decir, una política despolitizada, concentrada en la gestualidad, la imagen y la retórica más que en la canalización pacífica de conflictos de intereses, culturales o económicos. El problema radica en que, de modo implícito, Ordaz deduce rasgos de civilización en este sistema occidental, mientras que tácitamente repudia, como signo de atraso cultural, la radicalización del discurso político salvadoreño.


Pero, ¿expresan mejor el espíritu de la democracia los inocuos enfrentamientos televisivos entre los líderes españoles que la controversia partidaria salvadoreña, donde se decide el destino del país? Me pregunto además si Ordaz se ha molestado en relacionar el carácter radical y polarizado de la realidad social salvadoreña con el tono empleado por sus políticos. Acaso reparase en su simplismo cuando el mismo Funes, en una entrevista, le recordaba que «la polarización política es el reflejo de la polarización social y económica que vive El Salvador».

miércoles 13 de enero de 2010

El desplazamiento del reformismo

No sé a ustedes, pero a mí me cuesta horrores definirme políticamente con precisión. En muchas ocasiones, todo depende de mi interlocutor: si me encuentro junto a un comunista ortodoxo o a un izquierdista dogmático, mis ideas se tornan dúctiles, flexibles y recuerdo con claridad por qué no soy comunista ni religioso; si converso con un socioliberal, me escandalizo ante la torsión a que somete los principios de la izquierda y, sobre todo, frente a la complaciente tolerancia con que responde a determinadas conculcaciones de las reglas más elementales de justicia; y si charlo con un conservador de toda la vida, junto a la sana discrepancia, intento insistir en valores compartidos como el esfuerzo, el mérito, la responsabilidad, la cultura o el civismo tradicional. Y, como fatiga y corrore el discutir a cada instante, tendrán que disculpar que me prive directamente de relacionarme con ultraderechistas fanáticos o bien esquive los temas conflictivos si hablo con un liberal irredento, con un integrista católico o con un furibundo nacionalista.

Al menos tiene claro lo que no es, y eso es ya un primer paso para la autodefinición política, me dirán con toda la razón. Así es, si de algo tengo más o menos certeza es de que me muevo en la órbita de la izquierda y la democracia radical, pero impugnando esa actitud simplista que deja al conservador el monopolio sobre valores indispensables como los arriba mencionados y sobre medios igual de valiosos como el ejercicio de la autoridad legítima.

Descendiendo a los hechos concretos, la definición me resulta ya más titubeante. Mi particular percepción se debe, en definitiva, a mi trayectoria biográfica, cuyo primer estadio se caracterizó por la indignación permanente ante el gonzalismo y cuya segunda etapa estuvo signada por un rechazo aún más intenso frente al imperialismo aznarista. De ahí que, entre los tres presidentes que he tenido oportunidad de juzgar, prefiera a Zapatero, pese a toda su mediocridad, ineptitud, superficialidad e inconsistencia. Y es que solo un buen hombre, tolerante, respetuoso y amable, es capaz de permitir que sus dos hijas visiten al hombre más poderoso del mundo con atuendos de 'siniestras'.

Sé de más que para gobernar se necesita algo más que talante. Pero no es ése el asunto que hoy nos incumbe. Os comentaba que mi identidad partidaria depende de mi particular perspectiva generacional. En ella ha tenido un impacto poderoso la beligerante política de Aznar y su prolongación hasta 2008. A ella, y a las políticas de Camps y Aguirre, se debe mi profunda difidencia ante nuestro partido conservador. Si antes fui un crítico incombustible del PSOE, hoy, aun censurando con severidad la tibieza socialdemócrata, no albergo dudas de que la repulsa más intensa me la provoca el PP.

Eso me hace partidario del crecimiento de formaciones como UPyD, cuyos miembros más notables se atreven incluso a solicitar la despenalización del tráfico de drogas, y me aleja de un tipo social muy característico: el que siente más repugnancia por los socioliberales, a quienes considera traidores, que por los conservadores nacional-católicos, a quienes premia por su integridad y coherencia. Estamos ante un tipo dogmático, como puede verse, que valora y juzga la ideología ajena en función de la solidez e invariabilidad de los axiomas.

Dado mi pragmatismo, quizá en este punto del dogmatismo radique mi discrepancia. Considero además poco estratégico dar oxígeno y fortalecer a quienes de verdad se oponen al ideario izquierdista. Al menos a los socioliberales se les puede transmitir la culpa del abandono. También hay causas históricas que apoyan mi convencimiento: los últimos tres siglos demuestran que las mayores cotas de justicia y democracia se alcanzaron por la unión de los pequeño-burgueses progresistas y los deshauciados. Por eso me resulta tan criticable el rechazo izquierdista a la socialdemocracia, cuanto la intransigencia puritana que los socioliberales presentan ante 'la izquierda radical' y 'extremista'.

El motivo último de esta incomunicación, de esta alergia mutua, bien puede estar en un decisivo pero inapreciable corrimiento del espectro político. Como continuamos empecinados en emplear una terminología decimonónica para referirnos a nuestra actualidad, creemos que el PSOE es la izquierda reformista y lo que hay a su siniestra no son sino fuerzas marginales revolucionarias. Eso le ocurre a Daniel Innerarity, en cuyo artículo de hoy en El País intenta desmontar la valoración según la cual la debacle de las socialdemocracias se debe a su práctica sumisión a las reglas del liberalismo capitalista. Moderación y capacidad de gobernar de acuerdo a los agentes económicos (facultad que él confunde con la credibilidad), pero sin dejar que nadie sucumba del todo a la competencia, son sus recetas para salir del atolladero. En ningún caso aproximarse a los 'izquierdistas demagogos' ni caer en la futil retórica anticapitalista.

El problema, como decía, es que la izquierda reformista ha dejado de serla. Antes, se distinguía el reformista del revolucionario por los distintos medios con que pretendían llegar al mismo fin: el socialismo, una sociedad sin desigualdades económicas, o con desigualdades basadas exclusivamente en la capacidad y el mérito, pero sin llevar acompañadas prerrogativas de poder sobre otros conciudadanos. La socialdemocracia actual, pese a que pretenda legitimarse como reformista, ha dejado de serlo, pues sus reformas persiguen reequilibrar el capitalismo, mas no conquistar el socialismo. Y, en la medida en que ha abandonado dicha promesa, quienes todavía, siquiera remotamente, creían en ella, abandonan a su vez a la actual socialdemocracia.

Y no se trata, como pretenden algunos, de renunciar a lo que ya se ha demostrado desastroso, el sovietismo y la colectivización. La socialdemocracia no se opone, como Innerarity sugiere, al totalitarismo comunista, sino al verdadero reformismo. A aquellas formaciones que, lejos de la demagogia, la utopía y los imposibles, defienden medidas bien sencillas y poco traumáticas. Valgan algunos ejemplos: no suprimir el impuesto del patrimonio, participar las empresas estratégicas en lugar de subvencionarlas para poder responder a las deslocalizaciones, organizar una banca pública junto a la privada, expropiar los inmuebles sin uso, gravar la especulación, incentivar las actividades productivas y conceder capacidad decisoria a los empleados. Todo ello con el fin de corregir desigualdades y satisfacer universalmente necesidades no tan básicas, que van de la vivienda, el vestido y el alimento a la educación, la sanidad, el transporte y el ocio.

No se trata, pues, de mantener las esencias izquierdistas, como Innerarity sostiene, sino de tener siempre en el horizonte la emancipación ilustrada --plasmada en la máxima kantiana según la cual ningún hombre debe ser utilizado como simple medio-- y de tomar las medidas concretas, factibles, viables y negociadas, que la hagan posible.

lunes 28 de diciembre de 2009

The Wire

El año pasado, por pura casualidad, colgué en este portal 48 entradas. Haciendo cuentas, y calculando que cada mes tiene una media de cuatro semanas, resultó que había escrito una entrada por semana, dejando las tres o cuatro que restan como merecidas vacaciones. Veo ahora que también, casi por azar, he llegado a final de 2009 con 47 entradas escritas. Y un absurdo prurito racionalista y redondeador me invita a terminar el año con el mismo número. Me queda así la sensación de haber cumplido con este otro deber. Aunque, a decir verdad, uno escribe aquí más por necesidad que por obligación. Lo que ocurre es que esa necesidad de escribir no se compagina siempre con el tiempo y la disposición mental para hacerlo. Si no, probablemente, subiría una entrada casi diaria, después del telediario, de leer la prensa, de terminar un libro o ver una buena película.

Podrían haber sido más. Cuando quiero comentar alguna cosa y no dispongo del tiempo suficiente para hacerlo, tengo la costumbre de abocetar la entrada y dejarla como borrador. En esa condición han quedado varias este año. En una hablaba de la persistencia de la lealtad católica en España a la altura de 1868. La ocasión la daban unos documentos que miré en verano en los que se percibía claramente cómo algunas élites renegaron de la Constitución democrática por suponerla anticatólica. Eran miembros de la iglesia antes que ciudadanos. Otra de las entradas que se quedó por el camino comentaba el patrimonio de Cristina Garmendia. Como materialista irredento que soy, sacaba las conclusiones oportunas acerca de la visión que de los problemas sociales, y de la política científica, puede tener una multimillonaria. Y lamentaba, ya de paso, el escasísimo número de individuos de clase media baja entre nuestros políticos. Y, en fin, alguna hubo sobre Latinoamérica, en concreto sobre la confusión conceptual entre Constitución y poder constituyente reinante en el análisis, siempre sesgado por estos lares, del golpe en Honduras.

Para llegar a las 48 habría bastado con completar alguna de estas entradas. Ello habría supuesto dejar atrás toda mención a los momentos más sobresalientes del año que termina. Si entre todos ellos tuviese que destacar uno, perteneciente, claro, al ámbito político-cultural en que suelen centrarse estas líneas, no dudaría en rememorar las más de cincuenta horas de gozo y deleite que he tenido viendo la serie The Wire. Ya he dejado caer en varias ocasiones que soy un auténtico forofo de las series televisivas producidas por HBO. Sex Feet Under, The Sopranos, Roma y Deadwood me han regalado en multitud de ocasiones esa honda satisfacción que solo sabe dar el buen cine. Con The Wire, la serie de escuchas telefónicas realizadas por la policía de Baltimore, la cosa fue bien diferente. No conseguía pasar del tercer capítulo, y pese a que Danae me animaba a continuar, pues ella había disfrutado mucho con casi toda la primera temporada, me daba pereza volver a intentarlo. Hasta que un día Enric González la calificó en su chat como la mejor serie de la historia, demostrándome con ello que había incurrido en el penoso y, por desgracia, frecuente error de no confiar en las recomendaciones de los más próximos. Venía a decir González que si Los Soprado eran ya una obra maestra del cine, y Mad Men iba camino de serlo, lo de The Wire era otro registro, era un nivel cualitativamente superior e inalcanzado hasta el momento en el mundo de la televisión.

Y así es. Junto a Deadwood, que se ocupa de la génesis de un Estado en la Norteamérica de los pioneros, quizá sea la serie que con mayor profundidad y franqueza capta los resortes de la vida social, sus pliegues, dobleces y sutilezas. Si algo caracteriza a esta radiografía de la vida contemporánea es, en efecto, que huye siempre de las representaciones unilaterales, haciéndote ver la ambivalencia congénita de todas las acciones con proyección social.

Se trata, en concreto, de un fresco que recorre algunas de las instancias más decisivas de una megalópolis moderna: la delincuencia, el trabajo, la política, la educación y los medios, o, con mayor precisión, el tráfico de drogas en los distritos marginales de Baltimore, el desmantelamiento de la clase obrera portuaria de la ciudad, los entresijos de su ayuntamiento, la difícil rutina de sus escuelas públicas y la dolorosa adaptación al nuevo tiempo financiero y digital de The Baltimore Sun. Sus autores, periodista uno (David Simon) y comisario de policía el otro (Ed Burns), saben, desde luego, de lo que hablan. Y para articular su mensaje, lejos de florituras y conceptualismos posmodernos, deciden inscribirse en la mejor tradición clásica y realizar un espeso trenzado de historias apasionantes.

Vista con ojos políticos y filosóficos, lo mejor de esta serie coral, en la que no hay protagonistas sino decenas de personajes creíbles, es su relación con el presente. Simultáneamente, lo hace suyo y lo impulsa. Es capaz de absorberlo por entero y representarlo en toda su complejidad, para después abrir el paso a tímidas y esperanzadoras trazas de futuro. El modo en que lo hace es el de la persuasión desencantada. Después del estrepitoso fracaso de las utopías, ya no es ingenuo, sino deshonesto creer en un mundo perfecto. Esta evidencia no cesa de rentabilizarla el conservadurismo, siempre presto para indicar los costes de cualquier tentativa transformadora. Por eso, la única perspectiva honrada es la del desencanto, mas no la de la resignación. Esta última supondría admitir aquello que anhela la doctrina conservadora, o, por llamarla con otro nombre, la ideología del poder: que el sujeto piense que todo lo que le acontece en términos sociales, políticos y económicos procede del destino y la providencia y, por consiguiente, resulta inalterable. El desencanto, en cambio, no riñe con la persuasión, con esa inclinación vitalista, nominada por Claudio Magris, que anima a dotar de sentido cualquier tarea, porque con ella cambiamos siempre lo que nos rodea y, en consecuencia, a nosotros mismos.

Ya sea con el teniente que decidió legalizar la droga en un barrio de casas abandonadas, con los trabajadores sociales que intentaban salvar de la adicción y la muerte a estudiantes marginales, con el redactor que trataba de preservar la profesionalidad periodística frente al rampante amarillismo o con los policías que no se resignaban a detener a camellos de poca monta y deseaban hacer trabajo policial, The Wire siempre deja la misma impresión: aunque el resultado nunca sea perfecto, merece la pena intentarlo, porque siempre se conquista algo y, sobre todo, porque mientras se lleva a cabo uno está viviendo.

Y si a este trasfondo agregamos una formidable labor de documentación, unos guiones profundos y elaborados --dignos de Shakespeare, según González--, unas notables interpretaciones y un retrato realista y sin concesiones de nuestra actualidad y, más en concreto, de los límites y el alcance de la actividad política, obtenemos como resultado, efectivamente, una obra maestra que raras veces podemos encontrar en la pequeña pantalla.

Por eso os animo a verla el año que va a comenzar. Y, ya que estamos, aprovecho para dar, a todo el que se acerque por aquí, mis mejores deseos para estos días y para el próximo 2010.
Dick Turpin

domingo 13 de diciembre de 2009

Un dios revolucionario

Conservadurismo y teología parecen ir siempre de la mano. El primero suele referirse a una naturaleza humana unívoca, inmutable e inmarcesible a la que ha de adecuarse por fuerza la organización social. Poco importa que el curso de los años, o una mera excursión por lugares exóticos, pongan seriamente en cuestión los atributos distintivos de esa presunta naturaleza atemporal. Ya le basta con ir ampliando el círculo de los herejes y de los defensores de lo anti-natural.

La teología más simplista y retrógrada, por su parte, coincide en indicar la primacía de unas leyes naturales inconmovibles de procedencia divina. El hombre puede ser libre para vulnerarlas, pero nunca para alterarlas y sustituirlas por otras. Y cuando cae en la tentación de subvertirlas, cuando, como recordaba Donoso Cortés, intenta convertirse en dios para crear las propias leyes de la sociedad, está irremediablemente abocado al desorden y el fracaso.

Los liberales economicistas, en su típica conversión de una teoría económica en una fe religiosa, confluyen en estos planteamientos. También para ellos existe esa naturaleza humana inmodificable, unas cuantas leyes inamovibles y la tendencia inmanente de lo colectivo a la armonía. Y también en su caso la violencia ejercida sobre esa naturaleza humana o sobre dichas leyes indisponibles desemboca en el caos y la anarquía.

La imagen subyacente de dios en todos estos ejemplos es la del dios creador, la de la divinidad originaria causante del mundo y de sus regularidades férreas e inquebrantables. Un dios entendido en última instancia como autoridad, como titular de una potestad de mando a cuyas decisiones el hombre se encuentra sometido, ya sea irremediablemente o bien con la posibilidad de vulnerarlas mediando un castigo inexorable. Puede, sin embargo, que al lado de esta figuración de la trascendencia exista otra representación, mucho menos conservadora e interesada, que da pábulo a una suerte de dios revolucionario.

La inversión, o al menos la modificación de esta imagen es sencilla. Junto al origen creativo de las cosas, dios continua siendo el único capacitado para hacer milagros y el milagro no es sino un atentado al orden natural con la finalidad de realizar un acto de justicia. Tan decisiva resulta esta ambivalencia divina que, impregnados de religión, los reyes de antaño, vicarios de dios en la tierra, legitimaban su inobservancia de las normas en la necesidad de adoptar decisiones graciosas que tuviesen como resultado la consecución de lo justo.

Si el hombre está hecho a imagen y semejanza de su creador, acaso esté dotado de dicha capacidad creadora y revolucionaria del estado natural. Su misión quizá no se ciña al cumplimiento pasivo pero libre de leyes predeterminadas; puede que su cometido más puro se encuentre en romper con esas leyes aparentemente inmutables para buscar en libertad el acontecimiento genuino y la espontaneidad sin mediaciones, siempre con la intención de satisfacer su imborrable anhelo de justicia, el vestigio divino más palpable que pueda encontrarse en el alma humana. Y si la fe puede ayudarle a cumplir su cometido no es porque le proporcione la seguridad irracional de que ciertos dogmas religiosos son verdaderos aunque la razón científica los niegue. No, si el hombre puede apoyarse en la fe sería porque ella le enseñaría que para alcanzar esa justicia contra el destino solo es necesario creer.

Creer en su posibilidad.

No piense el lector que me he convertido al cristianismo o que acuso ciertas inclinaciones místicas. La verdad es que no sé muy bien si el motivo de estas reflexiones procede de la atmósfera política actual, en la que tanta difusión han adquirido las posiciones católicas en relación al aborto, los símbolos cristianos o la historia española. Pero el hecho es que hace un par de días, justo antes de acostarme, me vino a la memoria la magnífica película de Dreyer, Ordet. La palabra, especialmente su milagroso final. Y recordé que al terminar comenté a Danae: 'creo que Dreyer muestra el único modo racional de seguir creyendo en dios después de la muerte de dios'.

Probablemente, estos que ahora acabo de expresar fueron los motivos de aquel comentario que a mí mismo me pareció enigmático.

miércoles 2 de diciembre de 2009

Daños colaterales de la desmovilización civil

Allá por los ochenta, cuando en España todavía coleteaba la resistencia antifranquista, el espíritu sesentayochista y cierta conciencia obrerista, una de las obsesiones de la gauche divine era la desmovilización civil. Con tanta huelga, asociación de vecinos, protesta y presión social no se podía gobernar cómodamente y las instituciones se vaciaban de sentido. La cobertura teórica la aprestaban liberales como Ralph Dahrendof, quien abogaba por la expresión de la voluntad ciudadana a través de los órganos de que se había dotado, mas no directamente, con manifestaciones, pancartas y proclamas, pues de ese modo el Estado se paralizaba. Entonces se acuñó la versión moderna de la distinción entre el gobierno responsable, con sentido institucional, y el populista: mientras el primero canaliza sus actuaciones sin excepción por medio de los organismos establecidos, el segundo se dirige directamente, sin mediaciones ni procedimientos, a la ciudadanía en su conjunto, o lo que es peor, a uno de sus grupos, normalmente el más numeroso y desfavorecido, al que consulta en referéndum cada dos por tres y al que satisface con medidas despóticas de carácter económico.

La vigencia de esta ortodoxia política durante tres décadas no podía pasar en balde. Atrofiado todo instinto de lucha social, o recluido éste en el ridículo desprovisto de finalidad, el panorama de la sociedad política, tal como ansiaba el primer liberalismo, se escinde en dos: por una parte, el entramado estatal, y por otra, una agregación de individuos incapaces de toda solidaridad activa y no caritativa*. Las consecuencias más directas son, por un lado, que los sujetos están (estamos) convencidos de que todas las problemáticas sociales han de encontrar solución y respuesta en las instituciones, y por el otro, que las demandas cívicas clamorosas carezcan de resonancia legislativa. Ahí están para demostrarlo tanto la actitud más frecuente ante la crisis, que en ningún momento interpela a la sociedad civil como principal agente de su resolución, como los oídos sordos que los sucesivos gobiernos han hecho a huelgas generales o a manifestaciones pacifistas.

Este hábito político, de esperarlo todo del Estado sin confiar en las propias fuerzas, no se aprecia solo en los hechos colacionados. Cuenta asimismo con daños colaterales menos visibles y pone además en evidencia hasta qué punto esta ética individualista contradice el funcionamiento mismo de un mercado libre, con el que equivocadamente se la asocia como su base antropológica más ajustada. Dos movilizaciones recientes nos recuerdan, valga la paradoja, hasta qué punto está desmovilizada la sociedad. Me refiero a la que los agricultores y ganaderos llevaron a cabo hace un par de fines de semana en Madrid y a la que ayer protagonizaron nuestros músicos. Ambas se caracterizan por una suma de individuos que comparten profesión, los cuales, ante una situación económica difícil, optan por sumar fuerzas en un solo día para pedirle soluciones, heterónomas, al gobierno. Después, cada uno a su santa casa, a seguir gastando las subvenciones europeas y culturales y a continuar lamentándose de su tan precaria situación.

Si hubiese un mínimo de espíritu asociativo y cooperativo las cosas podrían marchar de forma bien distinta. El problema de los bajos costes de la producción en la agricultura y la ganadería se deben, según manifestó el propio Rajoy, al oligopolio reinante en la distribución. ¿Qué problema hay, pues, en prescindir del mediador y organizarse por sectores o comarcas para distribuir los propios bienes? Pues el trabajo que cuesta organizarse, poner a la gente de acuerdo y salir del tractor para fundar cooperativas.

Con el problema de las descargas por internet sucede algo por estilo, aunque aún más desenfocado. Cuando las pérdidas del sector se equiparan a las bajadas de archivos se está ocultando el dato bien ostensible de que no todos los discos pirateados serían adquiridos en el mercado. Si hay tanta actividad de intercambio se debe precisamente a su gratuidad. Pero, de cualquier forma, también aquí se pretende resolver el escollo con prohibiciones y merma de derechos, en vez de con una respuesta colectiva de los productores. ¿Qué problema hay, en este segundo caso, con prescindir de productoras y distribuidoras, limitar la industria a los músicos y técnicos del sonido, ambos suficientes para colocar el propio producto en la red o en las tiendas de discos? ¿No está claro que si un disco costase 3€, que es lo que vienen a llevarse los autores por cada venta, el personal podría optar por descargas a bajo coste o por comprar directamente su cd?

Sin embargo, con este infantilismo disfrazado de madurez, con este Estado paternalista presentado como liberal, y con este oligopolio alabado como libre competencia, resulta mucho más cómodo patalear un par de días para que venga el gobierno a salvarte de los problemas.

* No suelo incluir en estas páginas, salvo en muy pocas ocasiones, los materiales que me sirven para el trabajo académico. Pero para apoyar esta afirmación me viene en mientes uno tan elocuente que merece la pena citarlo. Es la memoria de un fiscal de audiencia del País Vasco creo recordar que de 1904. En ella narra unos hechos asombrosos: acosada Bilbao por una lluvia de desahucios, los afectados terminaron explotando hasta el punto que hubo de intervenir el ejército. El detonante fue un lanzamiento más, la gente dijo basta, se lanzó a la calle con todo el mobiliario de sus respectivas casas y comenzó una guerrilla urbana que duró más de tres días, hasta que pudieron desalojar a los inquilinos con la intervención del ejército. Hoy, tiempo también de embargos, a lo más que llega el hombre es a presenciar por la mirilla como echan al vecino y volverse rezando para que no le caiga la misma desgracia del cielo.